DIEZ JUAN EMAR PDF

Notas de estudio en. And this hue, upon analysis, has just as much right to live as bronze, eamr color of sunny days, or the eemar of thunderstorms. Diez Emar, Juan — Published by Uuan. Amazon Music Stream juwn of songs. Fiction by Juan Emar. I sleep well, I have a strong appetite, I walk happily through the streets, I talk enthusiastically to my friends, I go out drinking some nights, and I have, or so I am told, a woman who loves me dearly.

Author:Dizil Dujin
Country:Haiti
Language:English (Spanish)
Genre:Spiritual
Published (Last):14 May 2006
Pages:446
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ISBN:488-3-95473-631-9
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Son6 un silhido bajo. U n estertor. El reloj mural rnarcaba las 10 y 3 y La escena hahia durado 1 minuto y 8 segundos. Despuks dp esto. PI p6jaro verde permaneci6 irn instant? Como un cernicalo sobre su presa, se mantuvo swpendido e inm6vil en medio de la habitacicin, procluciendo con el temblor de las alas un ehasqiiido scmejante a las gotas d e la Iluvia sobre el hirlo. Y rl pedestal, entre tanto, se balanceaba siguien- d o cl rikmo dcl p h d u l o de mi reloj mural.

Eran las 10 y 4 minutod y 19 segundos. El 1 1 de febrero por la rnafiana se efertiinrnn Ins firneaales de mi tio JosC: Pedro. Aprov tracci6n de 10s acompafiantes para echar UI interior. Alli estaba mi lor0 inm6vi1, volvikn palda. Y como yo sabia perfectamelite c u d seria la pre- gunta que me iba a hacer, para evitarla por inGtil, gui- iiC tambiCn un ojo y, levemente, con una mueca del ros- tro, le di a entender una afirmaci6n que traducida a pa- labras seria algo como quien dice: --Servidor de usted.

Regresi: a casa a la hora de almuerzo. Sentado sols R mi mesa, ech6 de menos las lentas pl6ticas rnorales de mi tio tan queuido, y siempre, dia a dia, las recuerdo y envio hacia su tumbx v n rccuerdo casiiioso. Hoy, 1 2 d e junio de , hace tres aiios, cuatro xneses y tres dias que falleci6 el noble anciano. Mi vi- da durante este tiempo ha sido, para cuantos me cono- cen, igual a la que siempre he llevado, mas, para m i mismo, ha sufrido un cambio radical.

He aumentado con m i s semejantes en complacen- cia, pues, ante cualquier cosa que me requieran, me in- cline y les digo: Conmigo mismo he aumentado en afabilidad pues, ante cualquier empresa de cualquier indole que trate de intentar, me imagino a la tal empresa como una gran darna de pie frente a mi y entonces, haciendo una reverencia en el vacio, le digo: --Seiiora, servidor de usted.

Y veo que la dama. Lo que m6s contribuia a1 esplendor de aquella r-- iiana eran dos cosas: 1. La primiera se hallaba mantenida por un sol ti de rayos aterciopelados. No tuve la ocurrencia- c que cualquiera se explicarQ - de proveenne de term6metr0, por lo cual me hi imposible verif: quk grado exacto marca esa atm6sfera deleitosa.

Ahora bien, forzando un poco el galope del i mal, sentiase inmediatamente un frescor amadable. AI final del camino p6blico hice q u e mi cabalgadu- ra corriese a cuanta velocidad su3 patas pudiesen dar, mas apenas pasados unos treinta metros la detuve: una helada glacial de picacho aislado encima de Eas nube-, me acuchill6 el cuerpo entero y a punto estuve de que- day petrificado.

En cambia, si del galope suave uno pasaba a1 tro- te corto, sentiase un calorcfllo reconfortante que inun- daha 10s pulmones. Y si de aquCl se venia a1 paso, se recordaba acto continuo que nos hallfibamos en vera- no en un sitio a 32 grados de latitud. En la alnmeda de algarrobos tuve la idea d e detenerme un instante. Una bocanada de fuego me envolvi6 sGbitamente co- m o si caballo y yo nos hallisemos sobre un horno si- qantesco.

Adopti, pues, fuera de estos rat03 de ensa- yo, el suave galope acompasado, asi es que hice la ma- yar parte del trayecto sin temperatura alguna. Mientras asi galopaba, me entretuve en gozar cuan- to podia con aquel arnplio registro de hielos y calores q u e esa esplendorosa maiiana habia puesto a mi dispo- sici6n.

Reguld perfectamente la velocidad del Tinterillo, de modo que la temperatura qued6 del i o d o anulada. Entonces me entreguC a1 siguiente juego: ecliaba mi ma- 1 3 0 derecha hacia a t r i s hasta tocar el anca del animal y Yuego, con el brazo bien estirado, la proyectaba hacia ndelante hasta tocarle las orejas. La velocidad adqui- rida por mi mano durante este gesto era, naturalmen- te, la del galope del caballo m6s la suya prapia, es decir que, haciendo dicho gesto con mayor o menor violencia, la mano alcanzaba un galope apresurado, o un gran galope, o la carrera.

Por lo tanto, sep;n como la proyectase hacia las orejas, sentia en ella todas las gamas del frio mientras el rest0 del cuerpo permane- cia sin ningGn grado registrable, al menos como sensa- ci6n. Puedo asegurar que esto era agradabilisimo, cuan- to hay de agradabilisimo en este mundo. Y no eg 31 todo. Una vez la mano en las orejas repetia el gesto hacia la p u p a , de modo que restase su pxopia veloci- dad a la velocidad del Tinterillo.

El primer ensayo lo hice a1 entrar a1 sendero de ] O S arrayanes. El segundo, en rnedio del mismo. A1 ha- cer eI primero, no habia alcanzado a tocar mi mano ]as orejas, que ya habia lanzado un grito de dolor. Fu6 como si cien navajas me hubiesen herido; luego, una total insensibilidad. La mano estaba verde y dura.

Feiizmente, a1 entrar a1 sendero, vi que a un costado se alzaba una pirca. Cogi de inmediato una sus piedras y la restregut5 con fuerza sobre el miem- 1x0 congelado. Las piedras superiores de las pircas, aabido es que de cada verano guardan un poco de a- lor, asi es que cuando la pirca tiene m6s de setenta afios de existencia, basta frotar una de ellas hasta que cai- ,oa deshecha la primera capa para que el calor a h a - cenado de esa capa para adentro, se derrame irra- diando.

Asi salvi mi mano. Por cierto que pens6 que si tal me habia sucedido con la experiencia del hielo, peor me iria a ir con la del fuego. Mas, ccu6ndo volver a hallar una mafiana como ksa? Me decidi. Aqui f u i m6s que un grito: fuC ban aullido. Mi mano ardia raja como un to- mate. Felizmente, corn0 tcdos saben, el a r r a j A n pzodu- ce el arrayanin, y 10s que alli habia se hallabar, llenos del morado fruto. Sin deseos de repetir semejantes experiencias, Ile- gui hasta el alfalfar entregado a otro ejercicio.

Helo aqui: mkntras el Tinterillo seguia su galope regular, yo avanzaba el pie derecho junto con retroceder el iz- quierdo y, llegado a este punto, avanzaba el izquiedo retrmediendo el derecho, y asi sucesivamente con una velocidad mesurada.

De este modo, cuaTdo un pie se iba refrescando hasta el frio de un picacho - que es, sobre todo en breves segundos, muy tolerable-, el otro iba entrando en calor hasta el grado de la tapa d e un horno - que, en iguales circunstancias. Y creo que es suficiente en cuanto a la temperatu- ra de aquella esplendorosa maiiana se refiere.

Vamos entonces a 10s perfumes campestres. O h , pues, este trecho a lo infitil de los cerdos, a putrefaccicjn,. R desechos pestflentes d e c. Luezo un potredlo can alcachofas que olia2 i: in- sond?. Y cacla alcachofa guardaba en potencia el su clos e! V i:nu aturdido, con las narices encandiladas. Y p o r fin otro potredlo con ove;as que n! E El camino pGblico est6 bordeaclo por casas de inquilinos. Los inquilinos de estas casas echan hacia ci camino pGblico diversos perfumes humanos.

Reeuerdo que el primer0 de tales perfumes fu6 de anciano con barba medio cana rabiando obstinadamen- te. PensC, pues, que una mujer, dentro de aquelia entre casa y rancho, habia cedido a las furias de un anciano, per0 no mhs; ya el TinterillG me te- nia hrente a oiras puertas.

Creo que e5to de afirmar que In mu- m u v en b r w c , m u y clue bre-,c, r, p,:,L,ptO 1 o! Estos, en tin princiDin, oliny a fibrica, a palillos, a aqujar y a almi- d6n. Y lo I-icieron. AI hacerlo, hubo un momento en aue 10s tra- pos quedaron ya sin el olor a la mugre y a h sin el olor a resto de jab6n seco, a alambre a1 sol y a plan- cha. Asi es. A tal punto es asi, que metros m6s lejos el Tinte- rillo me hacia pasar frente a otra puerta que lanzaba una bocanada de olor autdntico sin mezcla alguna.

Olor tal cual de nuestra verdadera y santa mugre. Lo aspiri a pulmones llenos, tan embebido en diferenciar y gozar hasta sus illtimos matices, que no prestC la de- bida ateacirin a la calidad y estado del humano que lo desprendia.

No lo supe. Mas ante el vigor y salud que tal bocanada im- primia en uno, se me antoj6 - eromanticismo, juven- tad. Todo este olor era una concentracirin de todos 10s olores de nnestros campos inmensos.

Oliase su infinita desolaciGn asoleada, sus granos trillados, sus mantecas vivientes, su dilatacirin lunar. Y lo que concentraba tan- to olor diferente, lo que le imprimia una unidad, era ese dejo hurnano, dejo sudoroso y consistente, almiz- cle y pezuiia aclimatados, fundidos, con las secreciones de la tierra regada y con las bestias que las cornem.

Pero el Tinterillo ya estaba cerca de la filtima ca- sa. Fud aqui donde ensayi su carrera. Sin embargo alcancd a oler, casi instantheamente, un perfume compacto, grueso, total. Hub0 en mi una punzada de voluptuosidad junto con un abandon0 lacio. Este perfume llevaba en su inte- rior rayas agudas de hielo tibio y dura que hacian ce- rrarse las ventanillas mientras el otro, el total, Ias en- sancliaba. Presenti el cuadro dentro de aquella casa que despedia tal mezcla: sin duda un hombre quitaba alli de su corvo gotas espesas de sangre hiimana, gotas vo- 37 luptuosas, gotas para frotarlas a lo largo de nuestro cuerpo, gotas donde hundir la lengua, gotas con ensue- iios dormidos de felicidad total.

Y a1 quitarlas asi, el acero del corvo chirriaba frialdad d e 6ter y rasgufia- ba corn0 amoniaco la esponja grasa de la sangre. Pero ya est6bamos en el sender0 de arrayanes. C Olores silvestres. Por entre 10s arrayanes crecen eien clases de ma- lezas y en estas malezas viven cien clases de arQcnidos e insectos.

Este total de doscientas clases d a un olor uniformle, tranquil0 y torpe. S tres malezas deto- nan: el pimpano, el quilebue y el haba tencn. Sblo dos bichos: el perro del diablo y la vinchuca de 10s pan- tanos. El pimpano era alli escaso. Percibi su olor ilnica- mente dos veces y s una de ellas divis6 sus hojas agudas d e color tabaco.

Tal olor es igual a1 que ten- dria una mezcla de boldo, cedrhn, tilo, manzanilla, borraja, toronjil, verbena, zarzaparrilla, hinojo, brezo y hierba del platero, debidamente macerada, filtrada y calentada a 5 5 grados.

Un olor, pues, cobijante que causa una inmediata reconciliaci6n con la naturaleza entera. Se le ama en todos sus nobles aspectos y se considera con inquebrantable fe que son ellos mucho m6s fuertes y duraderos que sus aspectos viles.

Asi, pues, a1 olerlo se desprecia el alcohol, el opio, la mor- fina, la cocaina, el haxix y la nicotina, y se bendicen todos 10s frutos jugosos y maduros cuando caen d e l Qrbol, en ese momento magnifico y santo en que aban- donan a quien 10s sustentaba para convertirse a su vez en sustento.

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