ESPIDO FREIRE LA FLOR DEL NORTE PDF

Y al contrario que mucha gente ella tuvo un buen recuerdo de ellas, la ayudaron mucho en sus crisis. Espido nos puede parecer reaccionaria porque se considera religiosa. Era muy aplicada, lo que se llama una empollona. Y viajar mucho. Ella ha tenido la suerte de trabajar en lo que ha estudiado. Mucha gente estudia una carrera y acaba en un mc Donald.

Author:Digor Mejar
Country:Cyprus
Language:English (Spanish)
Genre:Art
Published (Last):24 March 2017
Pages:137
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Sy la en este estado en que te la yo dexo la sopieres guardar, eres tan buen rey commo yo. Y tengo prisa por morir, porque no soporto el dolor constante de continuar viva ni las promesas rotas a mis espaldas.

Siguen vivos los ancianos, arropados por calor y alimento, sanos los esclavos y fieles los siervos. Abrazada a la Muda, vuelo en el aire hasta la silla. Entonces, cuando he finalizado el aseo y el vino, la puerta se abre y entran los cuatro muchachos que se encargan de la silla. Bajamos entonces sin plisas por la escalera, una vuelta, dos. No siempre es el mismo: el sol gira, huye del lobo que desea engullirlo, y me ciega. Comprendo entonces a las flores, que se acomodan para ofrecer sus rostros a la luz y giran para recibirla, pero nunca la miran directamente.

La piel de marta que me cubre, que fue, de las de mi ajuar, mi preferida, se ha convertido en un trapo sin brillo, pero al menos se ha librado de la polilla. Me llamo Cristina, la sangre que corre por mis venas, ahora mortecina, proviene de fuente real, y soy infanta de Castilla. Junto a mi silla han colocado una mesita muy baja, lacada, con una bandeja hexagonal, una jarra de vino y dos copas de plata.

Siempre me lleva un momento reconocerle, porque sus rasgos se desdibujan, como si su rostro se reflejara constantemente en un estanque. Le presentamos escabeches y conservas, y las rechaza con un gesto de su mano blanda. Antes de que se haya sentado a mi lado me llega una vaharada de perfume, que se ha aplicado en la puerta. Evita acercarse demasiado y lanza miradas de reojo a la comida, como si estuviera contaminada.

Pero ya ayer barruntabais un mal final. San Alfonso el Sabio. Una familia virtuosa, intachable. Tratan con ellos con la familiaridad que les da el que compartan su apellido. Y una deuda con lo Alto pesa sobre mi conciencia. Nunca es buen momento para hablar de mi iglesia a san Olav.

Bajo la luz del sol observo mis manos. Otra vez siento tentaciones de pedir un espejo. De las ramas que se derivan de una familia extensa, me ha cabido el papel de una hiedra atrevida, de esas prensiles ramas de hiedra que avanzan por una pared hostil, sin hojitas tiernas, con toda certeza sacrificada al empuje de la savia central.

Pero soy orgullosa, y me resisto. No trepo hacia la luz, sino hacia la sombra. Cierto es que las lenguas se comportan como los metales, y se cubren de herrumbre si no se protegen. Mi madre, la reina Margrat, no se cuidaba de esas cosas. Despreciaba la vanidad. Mi madre me destinaba, como a mis primas, como a mi hermana, a un reino vecino. Mando pocas cartas a mi madre, y sospecho que cree que miento de continuo.

Es una anciana y ha sufrido ya bastante. A los hombres que han sido educados para Dios cualquier cosa les basta. Felipe, para que mi esposo iniciara una saga de hijos fuerte y valerosa.

Magno, como mi hermano, y como tantos afamados reyes noruegos de ambas ramas, los birkebeiner y los bagler. Eso fue todo entonces. Ahora carece de importancia. Poseen todos los hermanos los mismos ojos azules, heredados de su madre alemana. Dicen que el difunto infante don Fernando miraba de la misma manera. Como si yo no lo supiera.

Una hermana. Las damas de sangre real nos miramos entre nosotras, reprimiendo un suspiro. Apenas hace cuatro meses que alumbrasteis. Ella, con un gesto de su barbilla, las manda callar. Ahora me han premiado los cielos con el don de la fertilidad. Casi sin mirarnos se dirige a nosotras, las infantas. Los hombres son ligeros y tornadizos. Es lo que repite la familia real, de unos a otros. Yo comenzaba a comprender el castellano y a comprender, parejo a ello, la magnitud de las mentiras que giraban en torno a nosotros como buitres-.

Es el inventor de gran parte de ellos. Antes, contra su hermano don Enrique. En eso el rey se comporta como mi padre. El pueblo se queja de tantas leyes, que poda antes de que hayan florecido, para plantar otras en su lugar. Estrenaba un vestido nuevo de mangas largas y una coronita de plata, regalo de mi madrina, y aguardaba junto a mi madre a que la comitiva de la novia entrara en la capilla. Ven, ven. Te ve con los ojos de padre. Nunca me han interesado los hombres lo suficiente como para dedicarles demasiado tiempo.

Tratan por igual a sus hijos y a sus maridos, con una mano de hierro barnizada de lisonjas. Violante, que lamenta amargamente no haber nacido con vello y verga, halaga a los guerreros y desprecia de manera sutil a los sabios que su marido atrae a Sevilla. Ella, con ojo experto, admira a mis esclavos moros y me recomienda que los castre.

Ahora pienso que, posiblemente, no hay diferencia. Los dos lograron acabar con el hambre, los dos aman esa tierra hermosa y maldita diseminada por el mar del Norte. Se llamaba Kanja. Kanja la Joven. Pero era humana. Castilla apenas huele el mar, lo anhela en las irregulares mareas del Guadalquivir.

Ya me he acostumbrado. Bastante he llorado por la sal, por las piedras golpeadas y la libertad de marcharse con el agua. Del agua, de los viajes, del poder, de la dicha. De todo lo que pueda ahogarnos y, con un golpe, alejarnos del goce. Burgos es una calzada levantada, a la espera de que rematen su catedral. De Bergen no recuerdo defectos. El mar la abraza, y la nieve la observa a distancia, y en la ladera que asciende por el puerto las casitas de madera se guardan de la humedad con barnices de colores.

Cada comida es sagrada, al fin y al cabo. Se puede confiar en los fiordos. Sevilla, Dios la guarde, es blanca y verde, blanca y azul, blanca y grana. Mi tierra. Mi ciudad. Mi familia, mi madre, mi lengua, mis costumbres. No tengo nada de eso, se me ha escapado entre las manos, lo he dejado marchar sin una queja, convencida de que era mi deber.

No tengo a nadie. Me presento sola ante vos. Es cierto, desde ese momento nunca he estado sola: me han observado y atendido, me han sopesado, han contado los pedazos de carne que ingiero, las copas que bebo, las varas de hilo que gasto. Como una vaca vieja, aguardo en el centro del patio, bajo el sol, el momento del sacrificio.

Los birkebeiner estamos acostumbrados a la muerte: no tememos inmolarnos, no sentimos miedo ante la muerte. A los bagler tampoco les faltaban esas virtudes. Cuando un birkebeiner era asesinado, sus hermanas, su esposa, su propia madre se afanaban en concebir otro que le reemplazara, y en que creciera pronto, casi sin infancia.

El que se hace sus propios zapatos. El que trabaja el corcho. Aquel que, sin una moneda para el cuero, la piel, la suela, protege sus pies con corcho, con cortezas, con pedazos de cuero viejo y de abedul. Las resoluciones tomadas cuando no hay nada que perder suelen resultar acertadas. Puede que linda.

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